AKNUR
Al margen de una urgencia, al borde sin retorno, en la limitante entre la existencia y el olvido, surge la misión encomendada. Solamente aquel que puede rescatar las palabras allanadas por la aceleración en masa, de un progreso mal direccionado, que hizo explotar la atmósfera de su planeta pasado, Akel; aún recuerda cómo leer y cómo reunir las letras extraviadas del corazón de una caldera rocosa vacía, donde, entre mitos, supone que ahí los hombres rezaban a los dioses para recibir su purificación y redirección anual, y saber cómo caminar al inicio de un nuevo ciclo.
La tripulación se coloca sus máscaras de nitrógeno y oxígeno. Una vestidura ancha y tornasol que protege los poros de su piel ante la tormenta de vestigios imparables de aquel planeta. Remanentes de la furia descontrolada que hizo detonar en 1000 cuentos fracturados la historia de su hogar anterior, a cientos de años luz. Akel aún la recuerda a memoria fotográfica.
Para poder viajar a ese espacio, también tienen que viajar a través del tiempo. En la sala central de la nave los seis meditan alrededor de una pirámide negra. Akel coloca sus manos por encima de una media esfera negra, con destellos plateados que están por encima de una cabina que conecta al centro donde está la pirámide. Respira lentamente para que su ritmo cardiaco empiece a bajar, casi al punto de la defunción, donde su conciencia se rellena de imágenes, de sensaciones, de texturas, y poco a poco pierde el sentido de un cuerpo que lo ata a sólo permanecer en una posición física. Visualiza, con amplio detalle, campos verdes, edificios rectangulares que trotan con las nubes por su inmensidad similar al de los rascacielos, senderos para hacer largas caminatas con las mascotas, latas tiradas, un manto de agua azulino rozando el tono verdoso, una caña de pescar, y un hueco tapizado por moho y arbustos. Su ojo negro indica un portal hacia adentro, donde la voz reverbera en loop. A la práctica de ir describiendo, los seis tripulantes comienzan a hacer ingresar estos elementos en su conciencia y Akel comienza a tener un cuerpo ya en otro espacio, ya en otro tiempo. Un anhelo comienza a desbordarlo como una fría tormenta en su pecho, que se extiende hacia sus pies, y la canícula de sus dedos. Caminan hacia el portal dibujado en sus mentes. Ahora en realidad todo está seco y amarillento. Todo es una reminiscencia de varios errores y un punto final. Sólo ingresan dos. Con lámparas de mineros sobre sus cabezas, una libreta impermeable en mano izquierda, y una pluma de tinta permanente anticorrosiva a la derecha. Akel se encuentra al centro de esta cueva. Una caverna que antes prometía revelación a todo aquél que ofrendara a la luna llena en su visita al Zenit de la noche. • Mi corazón estaba aquí, se repite • Mi corazón estaba aquí, se vuelve a escuchar por el eco interno • Mi corazón. Lo puedo escuchar; palpita, y palpita cada vez más acelerado, sintiendo una conmoción que obliga a derramar unas lágrimas de nostalgia y arrepentimiento. • Mi corazón estaba aquí. –se repite, mientras él, al vaciar su agua, rellena el lugar al recuerdo que le sucita su añoranza. La cueva comienza a llenarse. La cueva vuelve a llenarse de las lágrimas de Akel que recuerda. Del agua interna de Akel que se arrepiente. El agua comienza a subir a la altura del pecho de ambos tripulantes. El compañero guarda su libreta, y se echa un clavado al interior del pseudo-cenote en formación. Palabras doradas comienzan a salir como peces luminosos. Como si fueran espectros atrapados en los muros de la caverna. Esperando al agua en liberarlos. Son mensajes contenidos, la memoria de la piedra, el nombre de una cueva: Aknur. Donde las estrellas escribían sus profecías con ondas de agua, y determinaban el destino de los hombres.
Ciclo por ciclo.
Siglo por siglo.